Mi
primer día como estudiante en UK
Era la primera
vez que salía de España, tenía
16 años y todas las incógnitas posibles sobre lo
que podía encontrar en Bournemouth. Creo que no tenía
miedo, pero sí una mezcla extraña de nervios y
alegría por lo que me esperaba y sobre todo, curiosidad
por las personas con las que tendría que convivir durante
un mes. Había escuchado historias horribles sobre familias
que parecían los Monster, pero me encontré con
los entrañables Connell, unos fanáticos de los
Bee Gees y Michael Jackson que se reían todo el tiempo
de mis efusivos besos de saludo y de los intentos de mi madre
(que no habla ni una palabra de inglés) por preguntarles
al teléfono si había llegado ya. Al principio no
me enteraba de nada, era como si el idioma se hubiese convertido
en chino de repente, seguramente por el acento, pero (menos mal)
unos días después eso fue cambiando. Tampoco entendía
la tele, pero seguía fácilmente las tramas de los
Simpson y me entusiasmaba Mr. Bean (que no habla). El padre era
carnicero y la madre ama de casa, gente humilde que necesitaba
tener un huésped para salir adelante, como pude comprobar
al darme cuenta de que mi habitación era en realidad la
de la hija pequeña en invierno.
Me encantó el hecho de que hubiese que caminar descalzo
por la casa, descubrí el maravilloso mundo del té y
me extasió ese particular estilo hortera de paredes empapeladas
con flores. Fue mi primera noche bajo una colcha rosa inglesa.
En fin, al día siguiente confundí “sheet” por “shit” y “chill” por “child”.
Es decir, cuando quería decir sábanas pronunciaba
mierda y al hablar de mi infancia me refería al escalofrío.
Ya sabéis, sabotajes de la pronunciación. Muchas
primeras veces en 24 horas.
Ana Navarro (Alicante)
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